lunes, 12 de diciembre de 1994

La congelación de la ciudad

A nuestra querida Bogotá le sucede lo mismo que nos ha ocurrido a los que vivimos en una casa vieja que se ha sometido a un proceso permanente de remodelación.
                                                                                                                                                                   
Cuando uno transita por las calles de la capital se da cuenta que su mal estado se encuentra muchas veces asociadas al progreso. No solo el mayor número de vehículos y el aumento del tamaño de los buses de servicio público ha deteriorado el pavimento sino que también la construcción acelerada de algunos barrios y la renovación de otros han contribuido a acabar las calles de la ciudad. Las construcciones de edificios en las zonas consolidadas son sin lugar a dudas el enemigo número uno de nuestras calles. En efecto, la ocupación de vías durante la construcción, la rotura de las calles para hacer las conexiones de los servicios públicos y el tránsito de los camiones  cargados de materiales y del concreto tan necesario para las nuevas  construcciones son los grandes culpables de la mayoría de los huecos que se encuentran en los barrios que están progresando.

Este proceso no se ha dado solamente en estos treinta meses de soledad. Esta permanente lucha entre el progreso y la infraestructura vial es de vieja data solo que con el boom de la construcción sus efectos se han hecho más visibles. En esta lucha entre el progreso y el deterioro, las autoridades tienden a dejar los huecos sin arreglar pues piensan que sus esfuerzos serán inútiles a medida que se abra otra obra en la misma cuadra.  Cuando se tapan los huecos, el dolor de cabeza es para la Secretaria de Obras pues más se tardan unos en arreglarlos que otros en abrirlos de nuevo. Lo triste de esta situación es que tanto la Administración como la ciudadanía terminan conformándose con vivir en una ciudad totalmente deteriorada.

 La casa que se remodela poco a poco vive llena de tierra por las obras permanentes y los remiendos quedan como parches. Los pisos quedan llenos de cicatrices causadas por las instalaciones domiciliarias de los servicios públicos. Los habitaciones terminan totalmente diferentes, los tapetes son de diferente colores y texturas pues cuando se le llega el turno a una pieza la referencia del tapete que tanto nos gustó ya no se produce. El no pensar todas las implicaciones de las reformas y el no consultar con un experto en remodelaciones es el método más costoso de remodelar nuestras viviendas.

De la misma manera el hacer la renovación urbana de a pedacitos sin un plan maestro urbano es la mejor receta para despilfarrar la plata de nuestros impuestos y mantener la ciudad en un estado de deterioro permanente. Lo que se necesita entonces al nivel de la ciudad es parar de una vez por todas este proceso de renovación gota a gota. La nueva administración debería entonces congelar el otorgamiento de licencias de construcción en la mayoría de los barrios de la ciudad concentrándose en algunas de las zonas que cuenten con un plan maestro de desarrollo.

Estos planes de desarrollo urbano, tal como lo ordena la nueva constitución deben ser el resultado de un proceso de consulta popular en el que los vecinos de los barrios intervengan para definir el tipo de construcciones que se pueden hacer. Los planes urbanos deben incluir no solo las normas de construcción, sino que además deben contar con estudios de impacto ambiental en un sentido amplio. Estos estudios de impacto ambiental urbano deben estimar entre otros el efecto de las nuevas viviendas en el tráfico vehicular y deben asegurar que el entorno urbano en especial el espacio público no sufra un deterioro como consecuencia de las nuevas construcciones.

El Alcalde Mockus y el nuevo Concejo deben pensar seriamente la posibilidad de declarar la moratoria de la construcción por los próximos tres años en buena parte de la ciudad. Si nos dieran una oportunidad de votar en nuestro barrio o en nuestra  manzana la mayoría estaríamos dispuestos a congelar nuestra zona con el deseo de trabajar en los próximos tres años en mejorar nuestro ambiente y contar con los servicios públicos. Estos tres años los podríamos dedicar a pensar cómo queremos vivir, qué cambios tenemos que hacer en nuestro entorno urbano y probablemente en conocernos mejor con nuestros vecinos y participar en la creación de un nuevo entorno urbano.


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