martes, 20 de junio de 1995

Un año perdido

La poca credibilidad que ha despertado la política económica del gobierno es, sin lugar a dudas la principal causa de los problemas que se están viviendo.

Está para cumplirse el primer aniversario del nombramiento del actual Ministro de Hacienda y es hora de comenzar a hacer el balance de la gestión realizada en estos doce meses. Las noticias aparecidas recientemente en los periódicos confirman la opinión de los críticos del Doctor Perry. El clima de los negocios se ha deteriorado de manera tan grave que si aplicáramos el indicador R desarrollado por la famosa revista The Economist, deberíamos concluir que nos enfrentamos a una penosa recesión. Para los que no conocen los secretos de la medición económica, debo aclararles que este indicador R se obtiene contando el número de veces que aparece mencionada la palabra recesión en los medios de comunicación.

Un repaso a los indicadores confirman de manera fehaciente el tremendo fracaso de la política económica. Las metas de inflación parecen incumplibles. Las medidas adoptadas por el gobierno han sido insuficientes para lograr contener la inflación. El pacto social solo ha sido de obligatorio cumplimiento para las empresas de servicios públicos. El grave deterioro en sus finanzas que han puesto al país en peligro de un nuevo apagón no han servido de ejemplo para el resto de los agentes económicos. Los maestros, médicos y los productores en general, no han aceptado ajustar el crecimiento de sus ingresos a las metas fijadas en el Pacto Social.

La desaceleración de la inflación lograda ha sido mínima y de ninguna manera compensa la revaluación del peso. Mientras que en el último año la inflación ha sido de casi un veintidós por ciento la devaluación del peso no llega ni a un cuatro por ciento. En junio de 1994 cuando fue elegido Samper la tasa representativa era de 842 pesos por dólar mientras que la semana pasada casi un año después la tasa representativa era de 875 pesos por dólar. Si suponemos una inflación externa de cuatro por ciento y le añadimos la devaluación del cuatro por ciento tendremos que los exportadores están recibiendo hoy un ocho por ciento más que hace un año mientras sus costos han subido un veintidós por ciento. Esta pérdida de catorce por ciento en la competitividad externa del país contradice las promesas hechas por el gobierno a los exportadores y explican en buena parte el mal desempeño de la economía colombiana.

El poco control sobre los precios y la revaluación real del peso tienen su origen en los altos niveles del gasto público. En una economía abierta la revaluación de la moneda y el incremento de los precios domésticos tienen su origen en un alto nivel de gasto público. La contracción monetaria solo tiene efectos transitorios sobre la economía pues la elevación de las tasas de interés atrae capitales que repercuten en incrementos en la oferta monetaria y en la revaluación de la moneda. En las economías abiertas, el incremento del gasto del gobierno termina desplazando, tanto el gasto en inversión privada como la demanda del resto del mundo.

La poca credibilidad que ha despertado la política económica del gobierno es, sin lugar a dudas la principal causa de los problemas que se están viviendo. El público está pensando que los niveles de gasto público son incompatibles con una meta de inflación del 18 por ciento, con una devaluación del 15 por ciento y unas tasas de interés que permitan mantener altos niveles de inversión. La necesidad de replantear la política económica para asegurar un crecimiento dinámico de la economía debería ser evidente para el gobierno. Pretender desviar la discusión hacia la autonomía del Banco Central y a la necesidad de una coordinación mayor entre el Banco de la República no ayuda mucho. El gobierno debería poner su casa en orden aceptando que sus deseos de gastar están muy por encima de las posibilidades reales de la economía colombiana.


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