lunes, 6 de mayo de 1996

Una renuncia esperada

Con la salida del ministro Perry se intensifica la discusión sobre la verdadera situación económica y sobre la bondad política económica del actual gobierno

El domingo pasado presentó renuncia el Ministro de Hacienda de la Administración Samper. Tal como se había analizado en esta columnala falta de credibilidad en el gobierno eran tan evidente que tarde o temprano el Ministro de Hacienda o el Director de Planeación se verían enfrentados a escoger entre su futuro profesional o su lealtad con el Presidente de la República. Aunque se esperaba la salida del Director de Planeación quien ya tenía un ofrecimiento de una Universidad de Inglaterra, al final la cuerda se reventó por el lado del Ministro de Hacienda.

Con la salida del ministro Perry se intensifica la discusión sobre la verdadera situación económica y sobre la bondad de la política económica del actual gobierno. Para la mayoría de los analistas, la salida de Perry es un síntoma inequívoco de la existencia de graves problemas en el manejo de la economía. Es muy diciente que alguien, como el doctor Perry, que nos tiene acostumbrados a justificar lo injustificable termine dándose cuenta de la gravedad de la situación. El pregonar una situación mejor que la real durante tanto tiempo le quitó credibilidad dentro de la comunidad internacional a las políticas del gobierno colombiano. Ser Ministro de Hacienda de un gobierno descertificado en el que los indicadores económicos eran cada vez más negativos estaba acabando con el prestigio internacional del Ministro de Hacienda. Las posibilidades de mostrar unos resultados positivos eran cada vez más remotas y por lo tanto era necesario buscar una salida digna de un gobierno cada día más cuestionado.

La renuncia del Doctor Perry, no puede extrañarnos pues era algo que se veía venir. Lo que nos sorprende es por qué no se presentó antes y cómo alguien con una trayectoria académica como la del doctor José Antonio Ocampo acepta seguir vinculado a un gobierno que ha mostrado una propensión tan grande al mal manejo económico. Si es cierto que la decisión del doctor Perry se debió a discrepancias en el manejo económico y en especial al gasto desbordado para sostener al Presidente, uno se pregunta si antes de abril de 1996 nunca se habían presentado estos excesos.

La respuesta es clara, nadie que conociera a Samper podría dudar que, tarde o temprano las tendencias populistas propias de un Alan García saldrían a flote. El técnico que aceptara ser Ministro de Hacienda del doctor Samper debería, como primera tarea, escribir su carta de renuncia teniéndola lista para presentarla en el momento en que el Presidente propusiera algo en contra de un prudente manejo fiscal. Por ejemplo, habría valido la pena renunciar en el momento en que el Gobierno incumpliendo sus promesas electorales propone una nueva reforma tributaria. Defender una reforma tributaria con el peregrino argumento de que el plan de desarrollo no cuenta con la financiación adecuada, cuando la prudencia ordenaba presentar un Plan de Desarrollo que estuviera dentro de las posibilidades existentes no concuerda con la imagen del Ministro que se nos quiere presentar.

El ministro Perry, tal vez, por su amistad con el Presidente fue demasiado tolerante con los excesos del Gobierno y del Congreso. Las ventajas tributarias para los grandes financiadores de la campaña Samper Presidente se hicieron a espaldas del Ministro de Hacienda, sin que el doctor Perry diera la pelea necesaria para preservar el sano equilibrio fiscal. En retrospecto, el presentar renuncia cuando el Congreso le metió esos goles hubiera consagrado al doctor Perry  como un campeón de la ortodoxia fiscal.

Del análisis anterior, debe quedar claro que un académico como el doctor Perry ha perdido prestigio por demorarse en la decisión de renunciar, su credibilidad, que se había recuperado después del penoso incidente del apagón, ha vuelto a niveles muy bajos. Los académicos ante el fracaso de uno de sus mejores exponentes, deben estar pensando si vale la pena vincularse al Gobierno y si el deseo de tener un impacto positivo en el desarrollo económico del país justifica esta decisión. La respuesta no es fácil. Lo que sí queda claro es que es un gran error vincularse a un gobierno tan cuestionado desde el punto de vista moral. Un verdadero académico no ha debido entrar al gobierno desde el momento mismo en el que se conocieron los famosos narcocasetes, pues algo que comienza tan mal tiene que terminar mal.

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