lunes, 22 de julio de 1996

La distribución del ingreso después de las reformas

El gran esfuerzo dedicado por los académicos a dilucidar algo tan complejo como si las reformas estructurales han mejorado la distribución del ingreso parece perdido cuando uno comienza a indagar sobre la calidad y relevancia de la información utilizada para su medición.

Uno de los debates que ha generado mayor interés en los últimos meses ha sido el del impacto de la apertura económica en la distribución del ingreso.  Los primeros análisis realizados por el Banco de la República mostraban que la apertura económica había tenido un impacto positivo en la distribución del ingreso.  Sin embargo, Eduardo Sarmiento quien por ese entonces ocupaba la Decanatura de Economía de los Andes comenzó a cuestionar la validez de los resultados, señalando que estos resultados se debían a un deficiente tratamiento de los datos por parte de los investigadores del Banco de la República.

A partir de la observación de Eduardo Sarmiento, surgió un interesante debate en los medios académicos sobre el tratamiento estadístico de los datos procesados por el DANE en sus encuestas de hogares. Al final de muchas discusiones se pudo aclarar que el DANE estaba utilizando un código de varios nueves para indicar que el ingreso mensual de los hogares era superior a un millón de pesos.  Por tanto si se utilizaban los datos sin tener en cuenta esta convención se estaba incurriendo en un sesgo estadístico pues se subvaloraban los ingresos de las familias más ricas, y esto llevaba a producir indicadores de distribución del ingreso que mostraban una aparente mejoría.

Una vez descubierta la falla, comenzaron a surgir procedimientos de ajustes para corregir el sesgo introducido por el tratamiento convencional utilizado por el DANE. Los académicos desempolvaron las fórmulas que se utilizaban en épocas anteriores en las cuales había que trabajar con los datos publicados cuando no era posible tener acceso a los archivos magnéticos de las encuestas de hogares.  Debido a la corta memoria de algunos de los que intervenían en el debate, las discusiones resultaron innecesariamente largas y a veces estériles pues prácticamente hubo que inventar de nuevo el agua tibia.

Al final de tan acalorado debate, los académicos han producido una serie de números para el periodo antes de la apertura y para el periodo posterior a la apertura.  Los números producidos coinciden en la primer cifra significativa y muestran una tendencia hacia una peor distribución en sus dos últimas cifras significativas.  Para los críticos de la apertura los datos son una muestra suficiente del impacto negativo de las reformas estructurales de los noventa mientras que para el observador imparcial parecen estar mostrando apenas un proceso imperfecto de medición en el que el resultado puede depender en buena parte de la muestra seleccionada.  Realmente, hay más acuerdo en los indicadores de distribución de ingreso a través del tiempo que las que hay entre la opinión de si el presidente debe renunciar medida a través de diferentes encuestas.

El gran esfuerzo dedicado por los académicos a dilucidar algo tan complejo como si las reformas estructurales han mejorado la distribución del ingreso parece perdido cuando uno comienza a indagar sobre la calidad y relevancia de la información utilizada para su medición.  En primer lugar, los que hemos trabajado con las encuestas de hogares del DANE, sabemos que la manera de formular las preguntas de ingresos es deficiente y que además nunca se somete esta pregunta a un análisis meticuloso de su calidad, por la razón obvia de que la encuesta de hogares tiene como objetivo primordial el medir el empleo y el desempleo.

Más aún, para efectos de evaluar si el nivel de vida de las familias ha mejorado es necesario tener presente la verdadera capacidad adquisitiva de las familias.  Por tanto es necesario tener en cuenta tanto los impuestos pagados como los subsidios recibidos, así como el poder adquisitivo del dinero medido en términos de bienes.  El ingreso que aparece en las encuestas de hogares mide de manera imperfecta lo que recibe la familia y no tiene en cuenta los impuestos, los subsidies ni mucho menos las ventajas que puede haber traído las familias la rebaja los aranceles y la nueva gama de artículos que se introdujeron con ocasión de la apertura.

Infortunadamente, el debate por establecer las dos últimas cifras del llamado coeficiente de Gini parece estar llevándonos a mirar los árboles en lugar de mirar al bosque.  Es necesario mirar el problema de la distribución del ingreso una perspectiva de más largo plazo.  Lo que debe quedar claro es que Colombia tiene una distribución del ingreso muy concentrada y que es de beneficio común lograr una mejor distribución.  También debe quedar clara que a pesar de las profundas reformas de comienzos de los noventa, el impacto de las reformas ha sido marginal y que por lo tanto lo que se requiere es continuar trabajando en eliminar las grandes desigualdades que caracterizan el desarrollo colombiano.  Esto no se logra en cinco años sino que requiere un profundo cambio en la concepción misma del Estado y mejorando su eficiencia y eficacia.  Las reformas de los noventas son apenas la primera fase de lo que hay que hacer.  Cinco años de reformas no pueden arreglar un problema tan complejo.  Devolvemos a una economía dirigida no parece la solución pues lo que se necesita es entrar a la segunda fase de las reformas.



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