martes, 5 de noviembre de 1996

Di No a la inflación

El secreto del éxito de una política de estabilización radica más en la credibilidad de la política económica que en la receta específica.

En una conferencia sobre las economías en transición un ilustre economista colombiano contó sus experiencias sobre las reformas en las economías comunistas y su transformación a las economías de mercado. Al presentar las diversas experiencias destacó la importancia de llevar a cabo las reformas económicas lo más rápido posible. Con cifras mostró que las economías que se habían ajustado rápido, en poco tiempo lograban recuperar la senda del crecimiento.

Además, mostró que no solo los indicadores económicos eran mejores en las economías que habían hecho la transición de un solo golpe sino que también los indicadores sociales eran superiores. Según la experiencia del consultor internacional, los buenos resultados económicos no estaban en contradicción con buenos resultados en otros aspectos.

El secreto del éxito según el conferencista radicaba más en la credibilidad de la política económica que en la receta específica. Seguir las recomendaciones de los libros de texto era menos importantes que el contar con autoridades que tuvieran un propósito claro y que contaran con la credibilidad suficiente. Al igual que lo ocurrido con Pablo en su camino a Damasco, no era necesario que el líder fuera uno de los discípulos de la ortodoxia sino que en un momento dado se iluminara.

Un banquero central de un régimen en transición podía a través de sus contactos con las autoridades del Bundes Bank ver que si seguía comportándose de manera poco ortodoxa sería rechazado por sus colegas más responsables. Una posible descertificación de los banqueros centrales de Europa se convertía de esta manera en el ingrediente necesario para un cambio radical. El ingreso del banquero a inflacionistas anónimos lo dotaba de la fuerza de voluntad para dejar sus prácticas poco ortodoxas y le hacía ganar la credibilidad de sus colegas de los Bancos Centrales europeos y de los agentes económicos de su país.

Para lograr la credibilidad necesaria el banquero central tenía que asumir posiciones radicales hasta el punto de negar las demandas de crédito a todos los agentes económicos, gobierno y sector privado, por igual. Los problemas temporales del ajuste y las dificultades transitorias en el camino a la estabilidad debían ser aceptadas con serenidad, de la misma manera que el alcohólico anónimo tiene que sobrevivir a la urgencia de tomarse una copita. Las ventajas de la estabilidad económica compensarían, en el largo plazo, cualquier costo que se tuviera que pagar en la transición.

La lección para el caso colombiano parece muy clara. Con medidas timoratas y de conveniencia temporal no se logra ganar la confianza del público y la economía no solo no se ajusta sino que a la larga tiene que pagar costos mucho más altos. La persistencia en una reducción gradual de la inflación no nos está llevando a ninguna parte. La Junta Directiva del Banco de la República no puede seguir con políticas gradualistas de ir reduciendo la inflación a cuenta gotas. Pensar llevar a la economía a una estabilidad económica en cómodas cuotas anuales de dos puntos porcentuales es posponer una decisión por diez años.

El fracaso de la lucha contra la inflación durante los últimos seis años no es sino el reflejo de la falta de compromiso de las autoridades económicas colombianas. La lucha contra la inflación ha sido solo una sucesión de declaraciones inocuas sin contenido de política económica. El querer meter a la Junta Directiva del Banco de la República en el fracasado Pacto Social es un ejemplo más del enfoque mamagallista que ha distinguido al Presidente Samper desde sus inicios en la política.

Lo que se requiere de veras es reconocer que el enfermo requiere un tratamiento de choque y que para que la medicina surta sus efectos es necesario poderle creer al médico. El gobierno debe darse cuenta de la gravedad de la situación y liderar un cambio radical en su política económica. Lamentablemente, los fracasos de las políticas gradualistas ha acabado con la credibilidad de buena parte de nuestros economistas. La pésima conducción del Doctor Perry acabó con la poca credibilidad que le dejó su desastrosa gestión en el Ministerio de Minas y Energía. Los pocos resultados logrados por el Doctor Ocampo unidos al saboteo de sus colegas del gabinete está acabando con el prestigio de un distinguido académico.


Todo parece indicar que para lograr recuperar la credibilidad de la política económica será necesario apelar a una nueva cara en el Ministerio de Hacienda. Parodiando al Presidente López podríamos decir y si nos es Javier Fernández, ¿quién?

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