martes, 19 de noviembre de 1996

Estabilización o catástrofe

En vez de dedicarnos a entrar en largas discusiones sobre compromisos de cada uno de los diferentes estamentos, el gobierno debería dedicar su esfuerzo a poner en funcionamiento un verdadero plan de estabilización en el que se logre controlar el impacto negativo del desequilibrio fiscal.

Para contribuir a la discusión sobre la política económica colombiana la Asociación Bancaria trajo la semana pasada a importantes figuras del continente que se han destacado por sus contribuciones a la estabilización de las economías más importantes de Latino América. Los destacados economistas sin pretender enseñar a los asistentes expusieron sus experiencias y dieron algunas recomendaciones. Lo tratado en el Simposio sobre el Mercado de Capitales realizado en la capital del Valle ha servido para orientar las discusiones sobre las negociaciones relacionadas con la fijación del manejo de la política económica en el próximo año.

De las presentaciones hechas en Cali, quedó claro que por regla general en situaciones como la colombiana no es necesario ni recomendable confiar demasiado en la utilización de un acuerdo como el conocido en Colombia como el Pacto Social. Lo que se requiere es una política orientada a remediar los graves desequilibrios económicos especialmente a atacar los desequilibrios fiscales y externos. El control de la inflación por el cómodo sistema de cuotas anuales del dos por ciento no justifica un desgaste entre autoridades económicas empresarios y trabajadores. Los beneficios logrados con la reducción gradual de la inflación son muy inferiores a los costos que incurre la economía especialmente en lo que se refiere a la mala asignación de recursos que suele ocurrir cuando se adoptan estos compromisos.

En vez de dedicarnos a entrar en largas discusiones sobre compromisos de cada uno de los diferentes estamentos, el gobierno debería dedicar su esfuerzo a poner en funcionamiento un verdadero plan de estabilización en el que se logre controlar el impacto negativo del desequilibrio fiscal. Debe quedar claro que los problemas no son creados por la mala voluntad de trabajadores y empresarios sino que son en buena parte el resultado de una mala política económica.

La revaluación del peso tiene muy poco que ver con el aumento del salario mínimo y mucho que ver con la financiación del gasto público. La entrada de divisas para financiar el déficit fiscal ha inundado de dólares el mercado cambiario y ha hecho que el peso haya mejorado su valor con relación al dólar. El déficit fiscal ha impedido que la devaluación nominal se transforme en una verdadera devaluación real. Mientras no se logre un superávit fiscal considerable cualquier aceleración de la devaluación nominal se va a transformar en un aumento considerable de la inflación. Tratar de estimular la economía en esta época de recesión sería un grave error que nos pondría a las puertas de una crisis fiscal.

La revaluación es la principal causante de la ampliación de la brecha externa ya de por si importante. Un país no puede mantener estos déficit externos tan grandes sin poner en peligro su credibilidad como deudor. Pensar que se puede aumentar la deuda externa a una tasa del cinco por ciento del PIB por año es totalmente irreal. Los acreedores tarde o temprano van a aplicar el freno a la economía colombiana lo que llevará a graves problemas de ajuste.

Es mejor comenzar a realizar el ajuste en estos momentos que esperar a que la situación toque fondo. La experiencia muestra que cuando la economía toca fondo el país tiene que acudir al Fondo Monetario Internacional y aceptar las condiciones que le impongan. La posibilidad de llegar a estos extremos en una circunstancia en la que Colombia cuenta con poco apoyo en Washington es tan grave que el gobierno debe adoptar las medidas necesarias lo más rápido posible.


Colombia tiene que retornar a la ortodoxia fiscal. Los excesos de los dos últimos gobiernos en la ampliación del tamaño del Estado deben revertirse. Se necesita de un gobierno más pequeño y más eficiente que deje respirar al sector privado sin ahogarlo con el cúmulo de impuestos que han brotado tanto a nivel nacional como a nivel local. Es hora de emprender una segunda fase de las reformas económicas que permitan al sector privado cumplir con su papel en el desarrollo económico.

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