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lunes, 6 de junio de 1994

La ley de Chicago

El confiar en la ley de un solo precio para lograr una reducción en el ritmo de inflación es bastante peligroso y la cura puede llegar a ser más grave que la enfermedad.

Uno de las consecuencias importantes de la pérdida que sufre nuestra unidad monetaria es la necesidad de introducir monedas y billetes de denominaciones cada vez más altas. Las monedas de cinco pesos son reemplazadas por las de cincuenta y posteriormente por las de quinientos. Los billetes de veinte pesos son desplazados por los de doscientos, luego por los de dos mil y finalmente por los de veinte mil. El anuncio reciente del Banco de la República de poner en circulación billetes de veinte mil pesos es, ni más ni menos, el reconocimiento de que las políticas de control de la inflación no han sido muy exitosas.

Los perjuicios causados por la inflación no solo se observa en la necesidad de emitir nuevos billetes sino también en los estados financieros de los negocios. El cierre anual de los balances de las empresas muestran que al hacer los ajustes integrales por inflación es necesario ahora pagar impuestos sobre las ganancias de papel. La carga tributaria de la mayoría de las empresas se ve aumentada gracias a esta figura puesta en práctica durante esta administración. Lo más triste de esto es que el pobre empresario tiene que "invertir" fuertes sumas de dinero para enviar a sus funcionarios a tomar los últimos cursos sobre la materia pues cada año el gobierno cambia las reglas de juego. La consecuencia de todo esto es que tal como lo afirman, con cierta sorna dos Ex-Directores de Impuestos, 1994 va a ser un buen año para los asesores tributarios. El gobierno colombiano ha encontrado, entonces, maneras de cohabitar con la inflación. Nos vende papelitos cada vez más caros y nos cobra impuestos sobre las ganancias de papel.

El control real de la inflación en países como Bolivia y Argentina nos debe mostrar que si se puede bajar la inflación y que no es necesario esperar hasta el siglo XXI para poder llegar a unas cifras similares a la de los países avanzados. El análisis de las experiencias en otros países, así como lo acontecido en el pasado reciente debe servir para diseñar políticas que no solo reduzcan la inflación sino que permitan un sano crecimiento.

El principal problema que se debe evitar es el de la revaluación del peso, pues no solo debemos aspirar que los precios no suban sino que queden en un nivel que le permita a Colombia competir en los mercados internacionales. El utilizar la disminución en el ritmo de devaluación como el instrumento para reducir la inflación es bastante peligroso.

Los argumentos teóricos a favor de la utilización de la tasa de cambio son bastante sencillos de entender. En una economía pequeña abierta a la competencia internacional los precios de los productos que entran en el comercio internacional están determinados por los precios en el exterior y por la tasa de cambio. Por tanto, mientras no exista la devaluación estos precios en Colombia deben subir al mismo ritmo que en sus países de origen. Este hecho tan obvio conocido en la literatura como la Ley de un solo precio ha sido enfatizado por algunos economistas de la escuela de Chicago y ha sido corroborado por la experiencia. Las cifras muestran claramente que desde que se  realizó la apertura comercial en colombia el precio de los artículos importados han crecido a ritmos muy similares a la devaluación nominal del peso.

 Sin embargo, el problema básico en estas circunstancias es el comportamiento de los precios de los artículos que no entran en el comercio internacional. Estos precios tienden a tener su propia inercia lo que hace que el nivel general de precios no siga la misma trayectoria que la tasa de cambio. La consecuencia obvia de esto es la revaluación real del peso y la pérdida de competitividad de Colombia frente al resto del mundo.

Aunque es posible, desde el punto de vista teórico llegar a ritmos menores de inflación mediante este tipo de políticas el costo que se tiene que pagar es muy alto. Para que los precios de los bienes que no entran en el comercio internacional vuelvan a su nivel competitivo es necesario pasar por una recesión y los salarios reales tienen que disminuir.


La conclusión de este análisis teórico es evidente. El confiar en la ley de un solo precio para lograr una reducción en el ritmo de inflación es bastante peligroso y la cura puede llegar a ser más grave que la enfermedad. Necesitamos formular medicinas que no produzcan efectos secundarios tan peligrosos. 

lunes, 9 de mayo de 1994

De la devaluación y otros demonios

Los programas de ajuste externo no solo fallan por los aumentos generalizados de salarios sino también por la falta de un ajuste fiscal serio.

La devaluación es el tema de moda. A nivel mundial se habla de la devaluación del dólar con relación a otras monedas. En Venezuela se habla de la devaluación del Bolívar. En Colombia el tema de la tasa de cambio real mantiene su vigencia.

Las opiniones en todas partes se mantienen divididas. Para unos, la devaluación puede llegar a ser la causa de innumerables problemas. Para otros, la devaluación es la solución adecuada para lograr el tan anhelado crecimiento.

Ante la importancia del tema y la divergencia de opiniones es necesario hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, es conveniente distinguir entre los cambios en la cotización de la divisa o devaluación nominal y la competitividad de un país frente a otros. Es claro que los productores de un país logran una ventaja frente a los de otros países cuando se devalúa si sus precios en moneda local no cambian. Por ejemplo, los productos venezolanos se vuelven más competitivos si el bolívar se devalúa frente al peso siempre y cuando los precios de los artículos venezolanos se mantienen constantes. Por el contrario, la devaluación del Bolívar no aumenta la competitividad de la economía si el precio de los artículos venezolanos suben en la misma proporción en que se devaluó el Bolívar.

Por tanto, el efecto final de una devaluación depende en buena parte del comportamiento que tengan los precios en los países que realizan la devaluación nominal. Si los precios suben al mismo ritmo de la devaluación el efecto final es mínimo. Si los precios se logran controlar, la devaluación tiene efectos en el sector externo.

La experiencia ha mostrado que son muy pocas las devaluaciones que logran mejorar la competitividad de los países que cambian la paridad de sus monedas. La mayoría de ellos no aceptan las desventajas políticas que en el corto plazo acompañan las devaluaciones reales de la tasa de cambio. Cuando el poder adquisitivo de los salarios medidos en términos de dólares comienzan a bajar apelan a aumentos generalizados de salarios para devolverles su poder de compra, sin recordar que la razón inicial de devaluar era precisamente esa: lograr unos costos laborales menores que los vigentes en el exterior que les permitiera exportar más e importar menos.

Los programas de ajuste externo no solo fallan por los aumentos generalizados de salarios sino también por la falta de un ajuste fiscal serio. Para que la devaluación no se traduzca en un aumento generalizado de precios se requiere controlar el nivel de la demanda agregada pues si no el incremento en la demanda de bienes transables se transmite al de los bienes no transables con un consecuente incremento general en el nivel de precios y una aceleración de la inflación.

Se puede decir, entonces, que el éxito de todas las devaluaciones no está asegurado y que depende en buena parte de las políticas de manejo de demanda que se adopten. Si la disciplina fiscal es estricta, la devaluación aumenta la competitividad de la economía y el sector externo recobra su equilibrio. Por el contrario si no hay un ajuste fiscal importante la devaluación nominal se traduce en un aumento de los precios locales a la par con la devaluación de la moneda, situación que se conoce bajo el nombre de dolarización.


La conclusión de este tedioso análisis es que por el momento, la devaluación en Venezuela puede terminar en un aumento rápido de precios mientras que la abortada devaluación del peso hubiera podido llegar a ser un alivio para los exportadores sin haber incrementado la tasa de inflación colombiana. 

lunes, 8 de marzo de 1993

El reto japonés

Para Dornbusch la devaluación real del dólar es vital para los Estados Unidos y se debe dar en un período máximo de dos años.

Las economías asiáticas son objeto de permanente interés. El rápido crecimiento del Japón y de los cuatro tigres (Corea, Hong Kong, Taiwan y Singapur) ha sido objeto de innumerables comentarios. A pesar del debate no existe una conclusión definitiva sobre las causas y consecuencias del desarrollo de los países del lejano oriente. Los países latinoamericanos han encontrado en la experiencia de Japón y los cuatro tigres una razón válida para abandonar los modelos de desarrollo de corte cepalino y para orientar sus economías hacia el mercado internacional. En los noventas las economías latinoamericanas están reorientando sus modelos de desarrollo con el fin de lograr su despegue económico.

Un número reciente de Business Week trae una serie de artículos en los que se da una visión interesante y novedosa sobre el tema de las economías asiáticas. El Profesor Dornbusch en su columna nos presenta su punto de vista sobre este tema. Para él, el éxito se explica en buena parte por el hecho de que los países del lejano oriente han mantenido su moneda subvaluada con respecto al dólar. Según Dornbusch los Estados Unidos han sido muy generosos al permitir que el dólar haya mantenido una paridad que está casi treinta por ciento sobre el nivel de equilibrio. Debido a esto y al proteccionismo asiático, las economías del Japón y de los cuatro tigres han podido convertir su alto desarrollo tecnológico en un crecimiento alto y sostenido.

Para reforzar su punto de vista Dornbusch argumenta que el rápido crecimiento de Europa en el período de la postguerra se debió al mismo fenómeno de subvaluación de la moneda. Las tasas de cambio fijo imperantes hasta comienzos de los setenta permitió a los países europeos transformar su rápido avance tecnológico en un crecimiento muy superior al de los Estados Unidos. Solamente, cuando se adoptó un sistema de tasas de cambio flotantes pudieron los Estados Unidos lograr una devaluación real del 30 por ciento con relación a las monedas europeas.

Debe anotarse que el Profesor Dornbusch también reconoce que los Estados Unidos deben mejorar la calidad de la fuerza de trabajo para poder competir con mayores posibilidades de éxito. Sin embargo, piensa que esta solución es de largo plazo y que quienes considera que solo con reformas estructurales los Estados Unidos pueden volver a competir internacionalmente están equivocados, pues estas soluciones tienen un largo período de gestación. La conclusión es clara, para Dornbusch la devaluación real es vital para los Estados Unidos y se debe dar en un período máximo de dos años.

Lo que no es claro en el artículo es la manera de como se logra esta devaluación real. Para aquellos que quieren saber una posible solución la revista trae un pensamiento interesante. Lo que se requiere es hacer que los japoneses adopten una política de disminución de impuestos y que cambien el superávit fiscal por un déficit parecido al creado por Ronald Reagan en los años ochenta. El mecanismo para lograr una revaluación del yen sería entonces el siguiente. La disminución de impuestos estimularía la economía japonesa lo que haría crecer las importaciones y disminuiría el superávit del sector externo. Si el estímulo fiscal se complementa con una política monetaria restrictiva las tasas de interés se elevarían lo que haría fluir capitales hacia Japón y a su debido tiempo causaría la tan anhelada revaluación del Yen.


Obviamente, esto debería ir acompañado de una reducción del déficit fiscal de los Estados Unidos, lo que unido a una política monetaria estimulativa de la Reserva Federal llevaría a una reducción de las tasas de interés en los Estados Unidos a una salida de capitales y una devaluación del dólar. Parece entonces que la solución a los problemas mundiales es que en los años noventas los japoneses actúen como actuaron los Estados Unidos en los ochentas y que los americanos en los noventas se comporten como se comportaron los japoneses en los ochentas.