Mostrando entradas con la etiqueta Reelección Directa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reelección Directa. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de octubre de 1997

La importancia de los gobiernos locales.

Cuando se publique esta columna ya se conocerán los resultados de las elecciones de Alcaldes y Gobernadores. Después de una extenuante campaña  se sabrá quien estará encargado de regir los destinos de nuestros departamentos y municipios por los próximos tres años y el debate se desviará hacia las elecciones de Congreso y posteriormente a las elecciones presidenciales. 

El cansancio natural de una campaña no nos debe dejar olvidar la importancia que tiene para el país una buena selección de gobernantes a nivel local. Este problema que afecta la vida diaria de los ciudadanos no puede esperar otros tres años para volver a comenzar el ciclo político. No es posible que los políticos solo se preocupen de los problemas locales durante la campaña, ignorando al ciudadano el resto del tiempo. Lo que se necesita es un contacto permanente entre los posibles candidatos y el ciudadano. El ciudadano debe tener alguien a quien acudir para plantearle sus problemas y solicitarle consejo sobre las posibles soluciones.

Es claro que el mecanismo tradicional de unos partidos organizados que sean los instrumentos de comunicación permanente entre los electores y los líderes locales ya no funciona. Los partidos cada día son más débiles y los alcaldes y gobernadores surgen de movimientos por fuera de los partidos tradicionales. Más aún, los partidos tradicionales cada día pierden su identidad ideológica. Los liberales y los conservadores solo se diferencian por su preferencia por un color determinado. Hay mas afinidades entre militantes de diferentes  partidos que las existentes entre los del partido. En las grandes ciudades los electores votan, con mayor frecuencia por candidatos de otros partidos. Por cada populista de izquierda surge otro populista de derecha.

La disminución del poder de los partidos tradicionales y el descontento ciudadano ha abierto la oportunidad para el surgimiento de movimientos cívicos que buscan darle el gran revolcón a los gobiernos locales. Infortunadamente, las reformas institucionales requeridas para cambiar la vida de las administraciones locales no pueden hacerse en tres años. Lo que se requiere es un trabajo continuado por muchos años. La prohibición de la reelección directa de gobernadores y alcaldes se convierte en el principal obstáculo para poder eliminar las prácticas clientelistas  y extirpar los focos de corrupción de las administraciones locales. Los reformadores no tienen el tiempo necesario para poner en práctica sus ideas de cambio. 

Los frutos de las reformas no se pueden cosechar en un período tan corto. Lograr limpiar la administración pública lleva un tiempo considerable. Poner en orden las finanzas públicas de una ciudad, muchas veces no solo puede requerir de reformas tributarias que desgastan políticamente a los reformadores, sino que también debe venir acompañado de ajustes en la administración estableciendo novedosos sistemas de gestión municipal cuyos resultados solo se ven después de varios años.

Cada día es más claro que la constitución del 91 debe cambiarse en lo referente al período de los Alcaldes y a la posibilidad de reelección directa de Alcaldes y Gobernadores. Mientras tanto  es de vital importancia que la labor de reformar las Administraciones Locales debe hacerse por un equipo y no por una sola persona. Este frente local debe lograr convocar a las fuerzas vivas de la ciudad o del departamento y trabajar en equipo. Tal como se hizo en el nivel nacional, es necesario hacer arreglos que permitan una sucesión ordenada y una continuidad de los programas. Estos grupos deben trabajar no solo cuando están en el gobierno sino también cuando la voluntad de los ciudadanos los aleja temporalmente del poder. 
La oposición debe ser una labor permanente. El movimiento que pierda no puede irse a dormir  durante los tres años y volver al final del período. Debe estar permanentemente fiscalizando a los movimientos ganadores, haciendo debates y llamando a cuentas a los mandatarios de turno cuando no cumplan sus promesas o cuando abusen del poder. La labor de veeduría ciudadana es tremendamente importante para poder cambiar la manera como se hace la política. Los gremios, las cámaras de comercio, los académicos deben estar atentos para evitar que los avivatos se apoderen de los recursos públicos y conviertan al tesoro municipal en su caja menor.

Si queremos de verdad cambiar las administraciones locales debemos comenzar desde el día siguiente de las elecciones. Los candidatos derrotados, los dirigentes cívicos, los académicos que  se han mantenido por fuera de las luchas partidistas deben contemplar la posibilidad de intervenir desde este mismo momento en la lucha política. Demorarse tres años para entrar en la política es la receta más clara para que las ciudades sigan siendo manejadas para el beneficio de unas minorías. 

miércoles, 9 de abril de 1997

Cambio de guardia en Bogotá

Con la renuncia del Alcalde de Bogotá y su relevo por uno de sus más cercanos colaboradores se inicia la campaña presidencial de 1998. La presencia de Mockus en medio de los candidatos va a marcar las próximas jornadas electorales en donde el ciudadano tendrá que decidir entre la continuidad o renovación de la clase política tradicional.

La decisión de renunciar antes de haber terminado su período ha sido objeto de serias críticas, algunas de ellas infundadas. Los que argumentan que no es apropiado renunciar antes de haber terminado su obra de gobierno olvidan las graves limitaciones que han sido impuestas por la constitución. En efecto, la no reelección directa de Alcaldes y Gobernadores es la mayor traba que existe para una renovación de las costumbres políticas.

Un período de tres años es demasiado corto para que un líder anti- establecimiento pueda transformar una ciudad o un Departamento. En este período es imposible atacar y resolver los problemas de fondo que afectan a la ciudad. El cambio en las costumbres políticas es un proceso lento que requiere esfuerzos continuados para poder tener éxito. Enfrentarse a la realidad de una ciudad tan compleja como Bogotá, organizar un equipo de trabajo, definir las prioridades, conseguir los recursos necesarios es algo que bien puede tomar más de la mitad del período de gobierno.

Ya con el sol a las espaldas, el líder comienza a sufrir de una angustia existencial pues el tiempo que le queda es muy poco, las decisiones penosas que ha tenido que tomar le han hecho perder buena parte de su popularidad y las pocas realizaciones apenas comienzan a dar sus frutos. Como la prohibición de una reelección directa le cierra la posibilidad de otros tres años para consolidar sus logros, el pobre líder, cuando apenas comienza a comportarse como un verdadero estadista, tiene que empezar a pensar en dos serios problemas.

El primero en que va a hacer con su vida y con las habilidades que ha desarrollado en este tiempo, y la segunda quien lo va a reemplazar en su lucha quijotesca contra la clase política de su ciudad. La idea de buscar otros destinos mayores como la Presidencia de la República puede aparecer a muchos como el camino más apropiado para completar su misión reformadora. La declaración de victoria y la retirada del ámbito local resulta más aceptable cuando el movimiento no ha podido consolidar un copiloto a quien se pudiera confiar, temporalmente, el avión en los siguientes tres años mientras el líder goza de una merecidas vacaciones.

Como puede deducirse de los comentarios anteriores, el comportamiento de los políticos muchas veces no es fruto de su desmedido orgullo, ni de malos consejos de los allegados, sino más bien es una consecuencia de unas reglas de juego inadecuadas. Si se quiere lograr que los políticos terminen sus obras de gobierno es necesario, al menos en el nivel local, permitir la reelección directa.

Una oportunidad de reelección directa va a permitir una mayor competencia pues va a haber muchos más candidatos que encuentren más atractivo participar en la lucha política cuando el período del mandato va a ser más largo. Como en muchas otras ocasiones entre mayor sea el período de retorno de una inversión mayor será el incentivo para realizar esta inversión. Como se ha dicho los grandes reformistas son los más interesados en disponer de un período más largo. Por el contrario, los defensores del status quo prefieren la no reelección pues a través de sus grupos pueden asegurarse una participación continuada en el poder.

Más aún, como lo muestra la experiencia del PRI en México, la no reelección es una condición importante para la supervivencia de un grupo en el poder. El interés de vincularse al movimiento aumenta en la medida en la que las posibilidades de llegar a la cima del poder aumente. Por tanto la no reelección, al limitar las posibilidades de los líderes con experiencia  lo que está haciendo es ayudar a perpetuar al partido en el poder y por lo tanto a impedir cualquier posible reforma.

La no reelección directa impide distinguir entre los buenos y malos gobernantes. En Colombia todos los ex-mandatarios gozan de un fuero especial sin distinguirlos por sus resultados. Mandatarios como Caicedo Ferrer o Jaime Castro que salieron bastante desacreditados de su paso por el Palacio Liévano, con el tiempo, a medida que la gente olvida sus equivocaciones, se convierten en grandes estadistas y hasta llegan a pensar en volverse a sacrificar por la ciudad. Por el contrario, cuando el mismo pueblo decide si reelige a un mandatario o no, el fallo de las urnas discrimina entre buenos y malos alcaldes. Los que no logran su reelección pasan al cuarto de San Alejo y de allí no los vuelven a sacar ni siquiera en las emergencias.

La conclusión parece bastante clara si queremos evitar situaciones como la que está viviendo la capital de la República lo que hay que hacer es acabar con la prohibición de reelección directa de Alcaldes y Gobernadores. No cabe duda que es más democrático permitir la reelección de los buenos que perpetuar los regímenes clientelistas.

lunes, 13 de febrero de 1995

Reelegir a los buenos y enterrar a los muertos

Si hay reelección inmediata, las ciudades van a ver como los buenos Alcaldes se dedican a realizar las obras verdaderamente fundamentales.

Los temas de interés periodístico suelen llegar en grupos. Hay semanas en que a los columnistas nos toca devanarnos los sesos para encontrar un tema de interés, mientras que en otras la abundancia de temas noticiosos conduce a horas de insomnio en las que se medita sobre las posibilidades de los diferentes temas. La última semana fue fecunda en acontecimientos. ANIF y FEDESARROLLO presentaron su análisis de la situación macroeconómica y sectorial en la que se trataron temas de especial interés dignos de ser comentados. El Instituto de los Seguros Sociales mostró una vez más su total ineficiencia cuando no pudo poner a disposición de los usuarios los formularios necesarios para hacer la consignación de los aportes mientras su Director defendía la compra de elefantes blancos. Por si esto fuera poco reguladores y regulados se dedican a hacerse la vida fácil pidiendo los unos y regalando los otros pasajes para los auto-homenajes celebrados en la frontera colombo venezolana.

La angustia del columnista ante la abundancia de temas de actualidad se vuelve casi intolerable cuando en las horas de insomnio se da cuenta que tiene un tema importante que ha querido tratar y que nunca ha encontrado la oportunidad de hacerlo. Después de sopesar los pros y contras de la actualidad sobre la importancia he llegado a la conclusión de que en esta ocasión es necesario tratar un tema que si bien en el momento no está de moda si puede convertirse en poco tiempo en tema de actualidad.

La finanzas locales y su impacto en las finanzas nacionales ha comenzado a aparecer en las discusiones sobre la financiación del Salto Social. Como muy bien lo anotó el Director de Planeación en su presentación en el seminario organizado por ANIF, buena parte del déficit del gobierno central durante el próximo cuatrienio se va a deber al aumento acelerado de las transferencias del gobierno central a los gobiernos locales. El fallo de la Corte y la reacción de los gobiernos locales muestra que si bien es posible fijar unas restricciones a la financiación de los gastos de funcionamiento con los recursos de las transferencias, en la práctica la presión de los burócratas locales y sus amigos a nivel central impide un sano control de los gastos locales.

Si el país quiere mantener una situación fiscal sana debe a la mayor brevedad emprender una reforma drástica de su esquema de transferencias. Tiene que llegar a la penosa conclusión que a los constituyentes se les fue la mano en la rapidez como se aumentaron las transferencias y que los mecanismos compensatorios contemplados en la reforma de las finanzas intergubernamentales no fueron suficientes. Por tanto es necesario emprender una importante reforma tributaria de carácter local en la que se asegure que los recursos para el funcionamiento se generen a nivel local y en el que el gasto público sea realizado con mayor eficiencia y eficacia.


No solo es necesario reforzar los controles y emprender una reforma de carácter local que sustituya los ingresos necesarios para los gastos de funcionamiento sino que se requiere de un cambio importante en las limitaciones impuestas en los períodos de los alcaldes.

El haber implantado la no reelección inmediata y un período de tres años pareció, en su momento, una buena idea pues evitaba que los alcaldes utilizaran el poder para perpetuarse indebidamente en el puesto. Sin embargo, la realidad resultó muy distinta. En primer lugar, la experiencia ha mostrado que la ciudadanía se da cuenta fácilmente de quien es buen alcalde y merece ser reelegido, la limitación a la reelección resulta en estas circunstancias superflua. En segundo lugar, cuando no hay reelección el Alcalde se preocupa más por su siguiente etapa en su vida política que en hacer una buena alcaldía pues sabe que no puede ser reelegido. Algunos pueden llegar a ser tan miopes que dejan totalmente endeudado a la ciudad  tratando de hacer obras faraónicas para que los recuerde y sigan ascendiendo por encima de su nivel de incompetencia.

El caso de Bogotá es tal vez el más destacado. Los Alcaldes Castro y Caicedo nunca se preocuparon por cambiar realmente la ciudad sino que intentaron hacer una serie de puentes sobre la Avenida Ciudad de Quito convencidos que con eso podrían lograr la Presidencia de la República. En lugar de hacer las reformas necesarias en la Administración para asegurar una financiación sana de la ciudad decidieron irse por el camino fácil de meterle la mano a los contribuyentes aumentando exageradamente los impuestos.

Lo triste del caso es que a pesar de haber salido totalmente desprestigiados de su cargo siguen aspirando a llegar alguna vez al solio de Bolívar. Tratan ahora de mostrar que son unos estadistas profundos, cuando nunca pudieron ejercer un liderazgo a nivel local. Si hubiera habido una reelección inmediata, tanto Castro como Caicedo hubieran sufrido una tremenda barrida y ahora estarían enterrados políticamente.

Si hay reelección inmediata, las ciudades van a ver como los buenos Alcaldes se dedican a realizar las obras verdaderamente fundamentales,  contando con el apoyo popular por varios períodos.  El Cura Hoyos reconocido como buen Alcalde por todos los barranquilleros ha debido continuar. Si el Doctor Mockus nos logra educar y Bogotá se vuelve a convertir en la Atenas Suramericana es mejor dejarlo como Alcalde que mandarlo al Palacio de Nariño para que allá aprenda a manejar el País del Sagrado Corazón.